La institucionalidad de Dionisio

290329_377751Decía Salomón que la memoria del justo se recordará con alabanzas, mientras que el nombre de los impíos se pudrirá. Un fraseo propio de un sabio, pero no creo que el hijo del rey David haya reparado que los nombres de los impíos se iban a seguir recordando más allá de la pestilencia. O mejor dicho, con la pestilencia incluida.

En el caso del impío Dionisio de Siracusa, la única duda que tenemos es si hablamos del padre o del hijo (un famoso borracho). En todo caso, los dos fueron tiranos. En sus lecciones a un joven aspirante a monarca (en su De regimine principum), Tomás de Aquino lo rememorará. Y lo hará a través de los lamentos de una anciana ante el temor de que el cruel déspota fallezca.

Al ver a la anciana sumamente apenada, el enfermo Dionisio no pudo dejar de preguntarle el por qué su pesar. Si el que menos deseaba su deceso, ¿por qué ella rezaba constantemente para que se conserve vivo y sano? ¿Por qué lo hacía?, le preguntó.

Acaso temblorosa, le respondió con total sinceridad y simpleza que cuando era niña le deseó fervientemente la muerte al tirano que por entonces gobernaba. Nadie soportaba su crueldad. Todos lo querían matar, o pedían que los dioses se lo llevasen. Pero cuando al final murió, nadie imaginó que su sucesor iba a ser mil veces más brutal que él. Por eso el que más también le deseó a este último que desaparezca. Que le den muerte los hombres o las divinidades, pero que no viva más. Y como el anterior, este feroz déspota fue igualmente a la tumba.

Prosiguiendo con su respuesta, la anciana le precisó a Dionisio que después de este último criminal, llegaste tú, caímos bajo tu tiranía aún más incómoda. Por eso, una vez desaparecido tú, de seguro te sucederá uno aún peor. Ese era su miedo, el motivo de sus ruegos.

Siguiendo la línea de esta anécdota, ¿cuántos habrán llegado a la conclusión de que la corrupción que vivimos se mueve al ritmo de la institucionalidad que soportó a Dionisio, donde cada gobierno que asume el mando supera en corrupción al anterior?

Y si hablamos de institucionalidad, es claro que el problema no es el personaje, sino el sistema que lo soporta. Es decir, el problema son las normas que hacen posible que nuestros Dionisios se muevan a sus anchas.

Si el artículo 60° de la Constitución señala que sólo por autorización de ley expresa el estado puede realizar subsidiariamente actividades empresariales (sea directa  o indirectamente) “por razón de alto interés público o manifiesta conveniencia nacional”, entonces por qué nos sorprendemos de tanta corrupción.

Obviamente, entre nosotros el rey Salomón no dio en el clavo. Carecemos de memoria de los justos, porque las malas leyes animan los comportamientos de los injustos. Y los animan en cantidades industriales, que es lo que vemos en cada justa electoral. ¿Cómo se miden el “interés público” o la “manifiesta conveniencia nacional”?

De seguro, la anciana que lloraba a Dionisio intuía la causa del problema. Una intuición que nuestros académicos, juristas, políticos y analistas carecen. O si la tienen, guardan silencio a la espera de que les caiga en gracia la bendición de la subsidiaridad estatal. No en vano hasta las universidades más prestigiosas se han manchado.

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