Poder constituyente

descargaLa ficción jurídica del “poder constituyente” sólo es posible desde una visión eminentemente autoritaria de la legalidad, un rudimento afín a los que emplean los teatreros. Ese Deus ex machina que a los embaucadores les permite lograr imposibles. Propiamente, es el reino de la estafa y de la anormalidad.

Muy bien podemos decir que el “poder constituyente” no es otra cosa que la antiliberal tesis que Thomas Hobbes ofreció a lo corona inglesa cuando ésta buscaba afiliarse a la moda del absolutismo. Despistado como todo “buen teórico”, Hobbes no reparó que apenas dos años antes de sacar a la luz su Leviathan (1551) Carlos I ya había sido decapitado por el Parlamento precisamente por aspirar a ser una especie de “poder constituyente” en persona. Al fin y al cabo, era partidario de su egocéntrico “derecho divino”.

Desde esa apuesta, los derechos de los demás le vienen a ser para el que detenta el poder un completo estorbo. Por ello las tesis como las de Hobbes buscan licuarlos, no teniendo ningún reparo en que su mágica abstracción termine convirtiendo a los ciudadanos en meros súbditos.

Ya fuera de los marcos de las monarquías, las repúblicas y/o democracias modernas no han cejado en capturar para sí esa pretensión absolutista. Tal es como se han obsequiado la posibilidad de fundar legalidades a través de un puñado de personas. ¿Consideran que así se salvaguardan de mejor manera las libertades individuales? ¿Qué garantiza que esos “constituyentes” (dicho puñado de personas) respeten derechos? ¿Qué los limita? Hasta los founding fathers norteamericanos, esos límites no eran otros que los derechos inalienables de las personas, pero para los revolucionarios franceses esa inalienabilidad de los derechos no era intocable.

Según la clásica teoría del abate Sieyès, a los “constituyentes” no los frena nada. Técnicamente hablando, lo pueden absolutamente todo. No por accidente los afiebrados jacobinos de 1789 cometieron sus crímenes bajo ese principio. Abiertamente, un principio por demás despótico. Ello porque busca extender fundamentalmente los alcances del poder del estado antes que las libertades de los particulares. Sin ningún rubor, aquí éstas últimas no cuentan.

No es ningún secreto que para pensadores como John Locke y Edmund Burke la alquimia de este “poder constituyente” es una aberración que sacrifica derechos y patrimonios. Para ambos el pueblo puede fundar sistemas de gobiernos, pero siempre para proteger derechos, no para negarlos. En esa línea, si el Leviathan es un monstruo que sólo sabe hacerse fuerte devorando libertades, entonces estamos ante un armatoste que carece de las condiciones para llevar a cabo la función básica de toda organización política: proteger la integridad física y los bienes de las personas.

Cuando Thomas Jefferson señalaba que el árbol de la libertad debe de ser refrescado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos, no hacía más que advertir que las auténticas exigencias constituyentes no brotan de clamores palaciegos, sino del pueblo que sólo busca salvaguardar derechos.

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